RELATIVISMO MORAL O UNA MANERA DE CAER AL ABISMO SOCIAL

 

Autor: Milson Salgado

 

Cuando nos internamos en el campo de la ética y la relacionamos con temas muy actuales como la Corrupción pública en la mayoría de ordenes y organizaciones sociales, saltan a la vista todas las implicaciones  que el juicio ético conlleva en si, y las consecuencias de carácter jurídico que subyacen en las normativas de represión penal están sustentadas intrínsecamente en los condicionamientos morales que rigen la vida de la sociedad. Es incluso evidente hacer inferencias axiológicas sobre relaciones sociales invereteradas como el gamonalismo regionalista y el compradrazgo secular.

 

 La moral Kantiana tal y como se expresa en la critica de la razón practica, es una moral idealista con sus raíces muy marcadas por la moral socrática y platónica,  y es idealista sobre todo porque ve a la razón como el sustrato autónomo que rige los juicios morales que ofrece el mundo empírico y sensorial.  Pero también es idealista en un sentido peyorativo del termino, puesto que fácilmente es devorada por los relativismos morales que rigen el mundo de la actualidad; y los juicios universales kantianos comunes idealmente  a todos los hombres, y los imperativos categóricos como estructuras subyacentes a la decisión moral se vuelven  cuentecillos de niños ante sistemas morales  que encarnan  una visión política y económica de donde surgen las categorías de bien y de mal a las luz de las interpretaciones subjetivas de reproducción de esas relaciones económicas y políticas.

 

Es indudable que la secularización como proceso de independencia  de la razón por sobre la religaciòn religiosa y de los códigos morales tradicionalmente aceptados  ha consumado la muerte de prejuicios morales y religiosos fuertemente adquiridos y fermentados por la moral escolástica de la edad media y de por sí nefastos, sin embargo ésta paradójicamente  ha traído aparejado un alejamiento de los principios éticos-sociales que sustentaban teóricamente las relaciones ideales entre las personas que profesaban los mesianismos políticos y religiosos que sin duda hoy siguen dominando medianamente  los imaginarios de occidente.

 

Pero esto solamente es una falsa ilusión porque el relativismo moral es el nuevo rostro de la cristiandad, el hombre de hoy como el de ayer reproduce la esencia de las relaciones de abyectas en su trabajo y en sus lugares privilegiados con la consecuente injusticia que éstas provocan, porque en la practica de su confesión religiosa que puede ser católica, evangélica, presbiteriana, luterana, budista, islámica se introduce con la naturalidad mas pasmosa del mundo a una isla remota  e ideal  que ve  de forma indiferente el transcurrir indolente del mundo real y sus veleidades éticas. Esto desde luego es un divorcio premeditado y reprochable por cuanto desde ningún punto de vista puede justificarse que estas instituciones históricas cuyo fundamento moral universal común es el amor al prójimo,  sean indiferentes a la trasgresión social y estructural que se genera al concretar en esas relaciones políticas y económicas el odio, la apatía, la complicidad e indiferencia ante el dolor humano.

 

La corrupción pública que hoy se traga presupuestos en los países mas pobres y las previsiones económicas más básicas en la vida de los Estados, ha sido un fenómeno social que ha permeado las relaciones entre el Estado como ente autónomo y la sociedad como  entidad delegadora a través de un pacto social de la conducción de este ente de ficción legal para la consecución del bienestar general y del bien común. Pese a su existencia previa e inveterada, es hasta en la actualidad con los procesos masivos de extensión del capital trasnacional que el interés de los países de primer mundo han impuesto en la agenda mundial  la creación  de mecanismos legales de prevención, reforzamiento de los entes de control social como forjadores de valores éticos y morales  y la aplicación de la represión criminal para atacar el mal una vez ya consumado, porque hasta la falta de ética convencional pone en entredicho la explotación económica institucionalizada.

 

Este saqueo de los dineros del Estado puede explicarse recurriendo a miles de argumentos, pero a la luz de una interpretación filosófica haya cabida la existencia de un relativismo moral muy arraigado, que solo puede provenir de la existencia monolítica de un sistema económico cuya búsqueda del lucro y del bien individual  está por encima de valores socio-morales como la solidaridad humana y el bien común. El sistema utiliza a los mecanismos de difusión como los aparatos a través de los cuales se envían mensajes directos o velados acerca del “éxito del tener”, la identidad social y cultural que implica hacerse socio de la humanidad del consumo, los esfuerzos inéditos de grupo sociales por buscarle un mecanismo de respuesta a la exclusión social con independencia de los medios que se utilicen para adquirir lo deseado.

 

Esta visión se refuerza cuando se ve al Estado como un sujeto de relaciones abstractas sin concreción con el mundo real, y cuya existencia como categoría ficticia incluso en el plano patrimonial, no tiene relaciones de interdependencia con la sociedad; y sus efectos lesivos vuelan por los aires con los recursos de las noticias fugaces como las monadas de Leibniz, porque el hombre ve al concepto de la propiedad solamente como una cosa tangible cuando lleva el sello de su propia afectividad, quedando pues la lesividad general como un invento de los sociólogos y economistas,  puesto que el patrón fundamental  de ese sistema es el individuo y no la categoría de colectivo, y las implicaciones de cualquier acto solo pueden percibirse como una violación directa a una integridad individual ya sea física o espiritual.

 

Si estos actos trascienden la esfera de lo individual, el daño es abstracto y el interés por combatirlo se vuelve ilusorio. Solo cuando abordamos las categorías del mal social como marco sociológico de la ética, y del pecado estructural como categoría teológica económica, nos enteramos que ese dinero hurtado vilmente es la suma concreta de todas nuestras aportaciones individuales al Estado como sujeto administrador, que el dinero que va a parar a manos individuales, podría haberse utilizado para que niños no mueran de hambre en los lugares mas inhóspitos del país, para que en los hospitales y en los centros de salud pública no falte la medicina para combatir las enfermedades mas previsibles, y para que los otros proyectos sociales que garantizarían una seguridad jurídica y humana deseada no sean vistos como utópicos ni irrealizables.

 

Pero las mangueras de agua para apagar este fuego presente y avasallador son ilusorias, si se comprende que estas conductas van a persistir en el tiempo y en el espacio si las circunstancias que las reproducen siguen existiendo. Por eso las preocupaciones nacionales y supranacionales no van a dejar de ser esfuerzos insignificantes y deliberados por reproducir este sistema de cosas, y ahuyentar el cambio profundo, que inexorablemente llegará y sorprenderá en un futuro no muy lejano a sus detractores con el cargo moral de sus omisiones.

 

Milson Salgado